>> sábado, 25 de julio de 2009
"También por eso leía tanto, ahora. Leer, había aprendido en la cárcel, sobre todo novelas, le permitía habitar su cabeza de un modo distinto; cual si al difuminarse las fronteras entre realidad y ficción pudiera asistir a su propia vida como quien presencia algo que le pasa a los demás. Aparte de aprender cosas, leer ayudaba a pensar diferente, o mejor, porque en las paginas otros lo hacían por ella. Resultaba más intenso que en el cine o en las teleseries; estas eran versiones concretas, con caras y voces de actrices y actores, mientras que en los libros podías aplicar tu punto de vista a cada situación o personaje. Incluso la voz de quien contaba la historia: unas veces narrador conocido o anónimo, y otras veces una misma. Porque al pasar cada hoja -eso lo descubrió con placer y sorpresa- lo que se hace es escribirla de nuevo...
El modo en que allí discurrían las palabras le fascinaba como si se asomara a un lugar desconocido, tenebroso, mágico, relacionado con algo que ella misma poseía -de eso estaba segura-, en algún lugar oscuro de su sangre y su memoria... Y de ese modo, después de sus muchas lecturas en la cárcel "El puerto de santa maría", ella continuaba sumando libros, uno tras otro, el día libre de cada semana, las noches que se resistía su mente al sueño. Hasta el familiar miedo a la luz gris del alba, aquellas veces que se tornaba insoportable, podía tenerlo a raya en ocasiones, abriendo el libro que estaba en la mesita de noche. Y así, comprobó que lo que no era más que un objeto inerte de tinta y papel, cobraba vida cuando alguien pasaba sus paginas y recorría sus lineas, proyectando allí su existencia, sus aficiones, sus gustos, virtudes o sus vicios. Y ahora tenía la certeza de algo vislumbrado al principio: no hay dos libros iguales porque nunca hay dos lectores iguales. Y que cada libro leído es, como cada ser humano, un libro singular, una historia única y un mundo aparte."
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